
Febrero es el mes de Sant Valentín, y aunque hace días que las redes sociales están llenas de mensajes sobre amor y regalos hacía los demás, en Ágora quiero darle un giro y enfocarme en un tema igual de importante, pero a menudo olvidado: el autocuidado y el amor propio. Dos conceptos profundamente conectados y esenciales para construir una relación sana con nosotrxs mismxs, que nos permita experimentar bienestar, satisfacción y estabilidad emocional.
Pero quiero hablarte de este tema desde mi propia experiencia personal, no solo como psicóloga sanitaria, sino también como alguien que ha vivido una agorafobia. Hace unos días envíe una newsletter (si aún no estás suscritx, ¿a qué esperas?) titulada Febrero: un mes para redescubrirte y cultivar el amor propio. En ella compartía parte de mi vivencia con la ansiedad, pero nada más enviarla, sentí que se quedaba corta. Por eso, he decidido dedicar un artículo del blog a profundizar en este tema y contarte qué significan para mí el autocuidado y el amor propio, así como las estrategias que realmente me ayudaron a cultivarlos y a iniciar mi proceso de recuperación de la ansiedad.
1. ¿Qué son el autocuidado y el amor propio?
Lo primero de todo es entender bien estos dos conceptos, ya que a veces pueden sonar abstractos o incluso vacíos entre tanto mensaje de “quiérete más”.
El autocuidado es todo lo que hacemos para cuidarnos y sentirnos mejor, tanto a nivel físico, como mental y emocional. Puede ir desde cosas básicas como dormir bien o comer de forma equilibrada, hasta salir a caminar, leer un libro o pasar tiempo con personas que nos hacen sentir bien. Son pequeños gestos que, aunque parezcan insignificantes, marcan la diferencia en cómo nos sentimos cada día.
El amor propio, en cambio, tiene más que ver con cómo nos tratamos internamente. Es esa actitud de aceptarnos tal y como somos, con nuestras luces y sombras. Hablarse bonito, darse permiso para equivocarse o soltar esa exigencia de ser perfectxs son formas de cultivarlo. También implica aprender a decir no, poner límites y priorizarse sin culpa.
Ambos conceptos están profundamente conectados y son clave para vivir una vida más equilibrada y satisfactoria.
Y ahora que hemos aclarado esto, quiero contarte cómo el autocuidado y el amor propio se volvieron esenciales en mi vida, especialmente durante mi proceso de recuperación de la agorafobia.
2. Reemplaza la presión por la compasión
Nunca me había dado cuenta de lo dura que era conmigo misma. El perfeccionismo y la autoexigencia estaban tan arraigados en mí que, cuando la ansiedad apareció en mi vida, todo se intensificó aún más. Si antes me castigaba por no cumplir con mis propias expectativas, ahora la culpa y la frustración se trasladaban a la ansiedad.
Una de las estrategias que más me ayudó fue observar mi discurso interno, sin juzgarlo, y darle un giro hacía algo más amable y realista. Pasé de decirme cosas como «No vas a salir nunca de esta» o «¿Cómo puede ser que siendo psicóloga tengas ansiedad» a decirme «Estás pasando por una etapa difícil, pero poco a poco te sentirás mejor» y «Eres psicóloga, pero también persona».
Hubo días en los que seguir una rutina básica me costaba muchísimo. Y ahora veo que estaba bien, que era lo que tocaba por el momento que estaba viviendo. El amor propio también es aprender a ser amable contigo mismx y aceptar que no siempre puedes (ni debes) hacerlo todo, especialmente cuando no te encuentras bien. Recuerda que, incluso lo más pequeño, cuenta y eso también es suficiente.
2. Los momentos de pausa son muy necesarios
La meditación fue una de las prácticas que incorporé a mi vida, aunque tengo que reconocer que al principio me costó muchísimo. Probé vídeos, podcasts y diferentes técnicas, hasta que entendí que la clave de la meditación es la flexibilidad. Hubo un momento en el que mi cuerpo estaba tan activado (palpitaciones, sensación de ahogo, mareo, etc.) que intentar estar en silencio y concentrada en mi respiración solo me hacía sentir peor. En lugar de forzarme, decidí buscar una alternativa que sí me funcionara: me estiraba en el sofá o en la cama, ponía un audio de meditación guiada y simplemente dejaba que la voz entrara por mis oídos.
Escuchar una voz hablándome con suavidad evitaba que mi mente se enfocara en los síntomas físicos desagradables y, sorprendentemente, muchas veces me quedaba dormida. Al despertar, me sentía muy agradecida por ese ratito de descanso. Poco a poco, esos momentos de pausa se convirtieron en una rutina y comencé a practicar la meditación de una forma más «tradicional».
Puedes empezar con un podcast o sonidos relajantes. No necesitas complicarte. A menudo, lo más sencillo es lo más efectivo.
👉Aquí te dejo el canal de Spotify de Vilma Montoliu, con quién empecé a meditar.

3. Conecta con tus sentidos
A veces, el autocuidado se encuentra en las cosas más simples: preparar una infusión y tomarte un tiempo para sentir el calor de la taza en tus manos, encender una vela con tu aroma favorito o escuchar el sonido de la lluvia. Las personas que hemos tenido ansiedad sabemos muy bien que la mente tiende a quedarse atrapada en los pensamientos, especialmente cuando nos preocupamos por el futuro o revivimos cosas del pasado. Conectar con nuestros sentidos nos permite volver al momento presente, el único momento que realmente podemos controlar.
Las experiencias sensoriales pueden ser una herramienta increíblemente poderosa para calmar una mente con agitada. Un aroma, una textura o un sonido pueden convertirse en un refugio donde bajar revoluciones y resetear nuestra mente. Y aquí es donde la cosmética tuvo un papel clave en mi proceso. Para mí, la cosmética no solo fue una manera de cuidar de mi piel, sino una forma de reconectar conmigo misma. Un aceite con aroma a lavanda o una crema nutritiva de las que tienes que masajear lentamente, me invitaban a hacer una pausa y a conectar con mi cuerpo presente.
A través de estos pequeños gestos, abrí la puerta a un oasis de calma, un refugio desde donde cultivar mi bienestar a través de algo que me apasionaba.
4. Prioriza lo que te hace sentir bien
Quizás para ti sea un paseo al aire libre, cocinar o hacer macramé. Lo importante es que ese momento sea exclusivamente para ti, un espacio donde puedas bajar revoluciones sin culpa ni distracciones.
En mi caso, ese espacio fue mi rutina de cuidado facial y corporal. Vivo en un piso pequeño de 38 metros cuadrados y, durante mi proceso de ansiedad, el lavabo se convirtió en mi refugio. Siempre he sido constante con mi rutina cosmética, pero cuando mi vida se detuvo por la agorafobia, resulta que esa rutina fue lo único que permaneció intacto. En un momento en el que me sentía desconectada de mi misma y del mundo, mantener ese hábito me ayudo a recordar quién era. Y doy gracias a ello, porque sin esa conexión Ágora no existiría.
Lo que quiero decir con esto es que no siempre hace falta buscar grandes cambios para sentirte mejor. A veces, basta con poner el foco en algo que ya hacemos y transformarlo en un acto de autocuidado consciente. La clave está en permitirte sentir placer, calma y descanso en lo cotidiano.
El amor propio es un proceso, no un destino
En mi caso, gracias a la ansiedad conecté con mis motivaciones y necesidades. Descubrí que, aunque la psicología me gustaba, lo que realmente me apasionaba era crear un proyecto donde el cuidado personal se viviera desde la conciencia, la sostenibilidad y el respeto por el entorno. Y así nació Ágora.
Lo que quiero transmitirte con este artículo es que el autocuidado no es una lista de tareas ni tampoco un lujo al alcance de muy pocxs. Es una herramienta para escucharte, cuidarte y tratarte con el mismo cariño con el que tratarías a alguien a quién quieres. Y si hoy solo puedes hacer lo mínimo, que sea algo que te recuerde que mereces ese cuidado, sin presiones ni exigencias. Porque el amor propio, al final, es aprender a estar contigx mismx de la forma más amable posible.
Con cariño,
Adriana 💚